Es protocolo que, para decir adiós, uno primero debe saludar. La presente no es el caso. Me despido porque la probabilidad de ti quema de dolor cada fibra de mi frágil ser; no te conozco (después de todo, quizá es mejor así), y siendo honesta, conocerte se ve cada vez más como un sueño guajiro.
Es complicado despedirme de ti porque no hay un nombre para dirigir esta carta, no hay una dirección a dónde enviarla, ni siquiera un alguien en quien pensar al escribir. Eres, hasta la fecha, una muy improbable probabilidad.
He llorado muchas veces por esta despedida, por el miedo a realmente decirte adiós. La verdad es que esperaba conocerte, darte presencia, con muchísima ilusión; hoy en día esa ilusión se ha convertido en un doloroso recordatorio de que no estás aquí, y lo más probable es que nunca lo estarás.
Hoy me despido con una chispa de esperanza en mi corazón, por si algún día me buscas encuentres fácilmente tu camino.
Querido bebé,
espero que te encuentres,
que halles presencia,
espero poder llegar a conocerte;
sin embargo, es mejor que hagamos las paces, y reconocer que tal vez nunca tenga el privilegio de sentir tu vida, de ponerle rostro y nombre a la ilusión.
Querido bebé,
en realidad no te conozco, pero te amo; y por eso te dejo ir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario