Caminaba sin mayor objetivo que
el de caminar. No había un sitio al que llegar, un amigo al que ver, unos
labios esperando ser besados. Esa tarde simplemente salí a caminar por caminar,
con la esperanza de perderme, de nunca regresar.
Y cuando me encontraba así,
buscando perderme, la luz pálida de la tarde de pronto se apagó. Alcé la mirada
y me encontré con un árbol frondoso sobre mí; entonces miré hacia abajo, y me
maravillé al descubrir que caminaba sobre fragmentos de luz, que nunca habría
podido ver de no ser por la sombra que se cernía sobre mí. Miles de pequeños
trozos de la ilusión que se desprendió de mi pecho y se hizo añicos; y ahora
cada uno era una ilusión en potencia.
La vida resplandecía a mis pies,
y por un segundo yo me había dejado distraer por la oscuridad, que de hecho le
permitía brillar con más fulgor.
Sonreí mirando a mis pies,
mientras la gente pasaba y probablemente se preguntaba qué había de fascinante
en una banqueta. Pero ellos no veían la brillantina.
El tiempo se detuvo, y la
esperanza renació.
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