El Domingo vi a un hombre barriendo la lateral de una autopista.
No había ningún negocio cercano, ninguna casa, ninguna razón aparente por la que él estaría barriendo aquella orilla perdida del camino.
Sus ojos estaban clavados en el asfalto recalentado por el Sol. Sus labios, rodeados de una espesa y descuidada barba, parecían sellados, mudos. Sus manos iban y venían, en una triste y repetitiva danza, con una escoba vieja entre ellas.
Mientras el Sol caía tras su espalda, él levantó la mirada del pavimento negro, cruzándola con la mía. Y mientras yo me alejaba sobre el camino, sus ojos me siguieron. En el reflejo del retrovisor pude ver esa mirada. Esa mirada que parecía saber que yo sabía, que yo lo miraba. Mirada que me siguió mientras se alejaba lentamente, hasta desaparecer de mi vista.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Sentí que él me conocía.
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