Avanzan los días y yo pretendo que no me haces falta. Pretendo que soy fuerte, que estamos bien, que podemos sacar todo adelante sin ti. Pero la verdad es que cada día me hiere más profundo tu ausencia.
Me siento en tu mesa, en tu silla. Miro al frente y miro el anillo que llevo conmigo desde ese día. Y rompo a llorar desconsolada, inesperadamente.
Porque sé que muchas veces, a esta hora, yo me senté en esta silla y tú en la de enfrente. Y no hacía falta que dijéramos nada; a veces sólo me mirabas mientras yo leía, escribía, dibujaba, jugaba... sólo me observabas crecer en silencio; y hoy me doy cuenta de que debí alzar la mirada. Debí absorber cada precioso segundo contigo, cada mirada de ternura que me dedicabas, cada una de tus hermosas canas plateadas y el brillo de tus ojos marrones, tu voz, que era la más dulce que existía. Debí devolverte la mirada.
Hoy me siento en tu mesa vacía. Hoy lo hice creyendo que no dolería, pero no soy tan fuerte como a veces pretendo.
La verdad es que me hace falta tu silenciosa compañía, tu mirada protectora, tus manos sobre las mías. Quisiera que el anillo que llevo puesto estuviera en tus dedos, y ésta mesa donde pertenece, y tú sentada en la silla del frente. Entonces haría las cosas diferentes.
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