Llevaba días en posesión del pesado y grande reloj que su novio había olvidado en su auto la última vez que se vieron; por alguna razón que ni a ella le quedaba clara, desde que lo había encontrado se aferraba a él. En ocasiones lo llevaba puesto, aunque su peso pronto la cansaba y el constante golpeteo contra los huesos de su muñeca le molestaba. Ese reloj era incomprensiblemente grande.
Y un día, a esa hora en que la luz de afuera no es suficiente pero encender la de la habitación resulta excesivo, algo le llamó la atención del aparatoso reloj. Algo se movía debajo del cristal, y no eran las manecillas.
Se acercó a su lámpara de noche con el reloj en mano y la encendió justo a tiempo para descubrir a un minúsculo hombrecillo correr apurado hacia una trampilla abierta junto al número 12. El curioso personaje tardó unos segundos en notar que de hecho estaba siendo observado desde lo alto por un gigantesco globo ocular; cuando finalmente se dio cuenta, abrió los ojos con espanto y entró de un salto por la trampilla. Las manecillas continuaron su recorrido con normalidad, mientras ella miraba perpleja el reloj.
Durante los siguientes días logró sorprender al hombrecito 2 veces más; en una estaba sentado sobre una manecilla, con los pies colgando y aparentemente silbando una melodía, en la otra apenas alcanzó a vislumbrarlo junto al número 3 antes de que huyera despavorido. En ambas ocasiones el hombre, no mayor que la cabeza de un alfiler, se deslizó en la misma trampilla junto al número 12.
A la chica terminó por simpatizarle ese habitante del tiempo. Cuando finalmente le devolvió el reloj a su novio simplemente le dijo
- Hay un hombrecito viviendo en tu reloj amor –
A lo que el respondió con una mirada confundida y una fuerte carcajada. Mientras tanto, una diminuta cabeza se asomaba precavidamente por una trampilla, al lado del número 12.
No hay comentarios:
Publicar un comentario