lunes, 27 de diciembre de 2010

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Es mañana decidí llamarme Dolores en honor a la desagradable jaqueca que me había aquejado toda la noche.
Me levanté y me miré en el espejo; si ahí estaba esa odiosa cara andrógina y pálida devolviéndome perpleja la mirada con su par de ojos almendrados. El reflejo me imitó mientras intentaba peinar mi corto cabello negro y finalmente me abandonó cuando regresé a mi habitación para enfundar mi pequeño cuerpo en un par de bombachos pantalones naranjas y una camiseta blanca.
Bajé de dos en dos los escalones de mi derruido hogar libreta en mano. Apenas puse un pie fuera sucedió lo usual: las calles, las personas, los autos, todo pareció transformarse en palabras que danzaban lentamente frente a mis ojos, esperando a que mi bolígrafo las capturara.
Me senté cómodamente contra el portón de mi ruinosa casa y comencé a escribir; de inmediato sentí una mirada clavada en mí, mis ojos buscaron al responsable hasta toparse con un chico a bicicleta. Le mantuve la mirada unos segundos y sonreí, el chico perdió el equilibrio y lo vi estrellarse torpemente contra el pavimento; me reí abiertamente mientras él se levantaba y reanudaba su camino, nunca dejaría de ser gracioso el extraño embrujo que mi sonrisa parecía tener sobre la gente, solía pasar el rato haciendo a la gente cometer torpezas cuando no me sentía con ánimos para escribir...

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