
Finalizando un año más me percato de lo difícil que es ser tú mismo estos días, lo difícil que es permitir esa oscilación tan natural entre las partes de todo ser. No, se nos exige inmovilidad, equilibrio perfecto en la máquina tan imperfecta que somos los seres humanos, ¿por qué no permitir los arranques de risa frenética, de furia descontrolada, de llanto inconsolable?
En lugar de eso se nos exige petrificar nuestro rostro en una falsa sonrisa, y dejar que nuestro interior sea desgarrado por la lucha de fieros sentimientos que buscan abrirse camino a la superficie.
Y aquí surge la duda, ¿debería permitir que el mundo me vea tal como soy y no como se me pide que sea, abrir mi coraza y quitarme la máscara del rostro petrificado? La respuesta resulta obvia. Prefiero dejar lucir una sonrisa sincera, una sonrisa que si bien no es eterna y puede perderse en los momentos de adversidad, regresa cada vez más honesta.
Nunca lo he podido evitar, soy quizás una persona demasiado dinámica, demasiado cambiante, y probablemente nunca logre esa sobre valuada estabilidad que vivir en ésta época exige, pero bien, realmente prefiero ser leal a mi rostro expresivo, tal y como es.
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