Camino, a momentos corro, y a veces (si voy lo suficientemente rápido y tengo los pulmones bien llenos) vuelo. A veces desaparezco detrás de unos ojos grandes e inocentes, y le sonrío a la gente desde el fondo de ese par de pupilas negras.
Soy, aunque a veces dejo de ser, porque olvido qué o quién se supone que soy y me veo obligada a detenerme a pensarlo. Muchas veces despierto siendo una niña porque olvido por completo mi verdadera edad, y cuando me miro en el espejo me desilusiono y acepto que ahora soy lo que quería ser cuando era pequeña.
Olvido muchas cosas importantes, pero recuerdo nimiedades sin sentido; recuerdo abrazos de personas sin rostro, caricias de manos sin dueño, palabras salidas de la oscuridad.
Los días fríos me gusta observar detenidamente a la gente cuando habla, y ver como sus palabras se elevan en una bruma blancuzca, y se las lleva el viento helado para que las escuchen otros oídos en la lejanía.
Y no, no estoy loca, simplemente no tengo mucho sentido.
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