Ute es el nombre de mi madre; nunca la he llamado de otra manera, ni mamá, ni mami, ni madre, su nombre siempre ha sido la mejor manera de referirse a su pintoresca forma de ser, y sospecho que siempre lo será.
Tiene una ligereza y juventud de espíritu envidiable, y a pesar de que tiene 30 años más que yo, muchas veces me encuentro envidiando esa frescura que emanan sus ojos verdes y su cabello rubio entrecano, como si tuviera el secreto de la eterna juventud que en ocasiones yo siento desvanecerse entre mis dedos.
Pareciera que haga lo que haga, y lo haga como lo haga, le sale bien. Cuando cocina nunca sigue una receta, ni toma medidas, no consulta ningún libro ni se fija en el tiempo; aun así cada platillo que sale de su creatividad y capacidad para improvisar con lo que encuentra es simplemente delicioso, y tan sencillo (aunque a la vez tan complicado) como ella misma.
Es volátil, sencilla, fresca, alegre, impredecible y en ocasiones caprichosa; es mi madre y la mujer más admirable que he conocido.
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