Para qué mentir, el día de hoy fue tragedia tras tragedia, un verdadero horror; pero un par de cosas me aliviaron, de esas cosas insignificantes y sencillas que es difícil creer que pueden alegrar un día como este, pero lo hicieron.
Primero que nada, mis pies. Había olvidado lo bello del hecho de simplemente caminar hacia donde te diriges, aunque te tome una hora más de lo que te tomaría si tomaras un autobús o estuvieras conduciendo, el tiempo vuela con algo de música y un poco de imaginación. Al llegar a mi casa me mataban los pies, estaba algo mojada por la lluvia y enlodada de las piernas, pero la satisfacción hizo que valiera la pena.
Segundo, hablemos de sudaderas (si, no es broma). Hoy una sudadera me sirvió de refugio móvil a través de mi penas por la ciudad; es curioso como una sudadera grande puede representar la mejor defensa contra el mundo cuando te sientes cansada, pequeña, triste, harta... tú sabes, cuando te parece que te amenaza todo a tu alrededor. Para esos casos para mí no hay nada mejor que enfundarse en una sudadera demasiado grande y quizás también demasiado vieja, y así avanzar un poco menos temerosa a través de la ciudad, tomando un pedazo de tela vieja por armadura.
Por último, las calles vacías. Una de las bellezas de andar por ahí a pie sin estar segura de cómo llegar a tu destino es que puedes encontrarte con un santuario en tu camino, y hoy yo me encontré con uno: una calle completamente vacía, con un árbol demasiado grande apretujado en la banqueta y un enorme pedazo de la misma elevado por las raíces. Al encontrar este lugar hice algo que no había querido hacer en horas: sentarme a descansar, en ese pequeño santuario para almas cansadas que necesitan un respiro.
En fin, me doy cuenta de que mi estilo de escritura empeora cada vez más, como siempre mi querido lector fantasma, espero que esto no represente una molestia para ti. Simplemente intento ser lo más fiel que puedo a mis ideas, y a veces no me dejan escribirlas en palabras diferentes.
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