domingo, 20 de marzo de 2011

Domingo


Los minutos avanzan perezosos, desvelados, igual que yo. La luz que entra por mi ventana es gris a causa de la pared de concreto que se encuentra a unos metros; hace calor.
Me acomodo con notoria pereza en un sillón atiborrado de almohadas, tengo que hacer tarea pero no siento ganas de ponerme a ello. Tomo un libro, escucho música, mis párpados pesan y siento un placentero cansancio.
Así se siente el domingo; el día muerto, en el que apenas tienes energías después de cinco días de arduo esfuerzo y dos noches de desahogo y desvelo. Hasta los oídos parecen cerrarse al exterior, adormecidos, y los ojos no ven el color como es, la piel sufre menos el calor abrasador de la primavera de la ciudad; las calles se duermen, los arboles tararean y se balancean perezosamente. Nos embriaga un delicioso cansancio.
El domingo es el día de la soledad, el del cansancio forzado, pues si no lo fuera no tendríamos fuerzas para iniciar una nueva semana.
Para mí es un día de ensoñaciones, pues la embriaguez del agotamiento se une con la de mi alma enamorada, y hoy no tengo más que acurrucarme entre los cojines de mi sillón, leer, dormitar y quizás desear secretamente romper con la sagrada soledad de este día.
Que delicioso domingo de marzo.

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