jueves, 20 de enero de 2011

La Vida Hoy en Día

Segundos, minutos, horas, días, meses... nuestro propio concepto del tiempo nos ha traicionado; ha cobrado vida propia y se nos ha adelantado. Camina a las prisas mientras corremos tras de él.
Se ha perdido la eternidad de los momentos. Los besos prolongados son un lujo, el tiempo para la risa, para echarse de espaldas en el césped a mirar el cielo, para mirar en silencio a los ojos de otra persona sin decir palabra. No, la infancia del tiempo terminó, ha madurado, y ahora exige resultados de cada preciosa sección de él que ocupamos.
Nos vemos obligados a optimizar nuestros años, a llenar cada espacio, incluso el más mínimo. Envejecemos siendo jóvenes, nos privamos de la tranquila ociosidad propia de nuestra edad, del tiempo para enamorarse. En cambio nos dedicamos a satisfacer necesidades y continuar con esta vida moderna (que como bien dijo Quino, quizás tenga más de moderna que de vida), no hay tiempo para el amor, sólo para la lujuria; no hay tiempo para la amistad, sólo para la cordialidad... no hay tiempo para nosotros.
Y es terrible el percatarse de que a pocos les molesta este ritmo acelerado que los hace correr directo a la muerte; no, es más, muchos temen a tener un segundo de libertad, a poder encontrarse consigo mismos o los demás, y darse cuenta de que esos ojos que los miran sorprendidos... pertenecen a su propio reflejo.

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