Sus colores son vida y muerte a la vez, amarillo y verde, lluvia y sequía; cubiertos de manchas cafés, cicatrices de los golpes de la vida.
Su aroma agridulce es como el amor, y en su sabor se detecta aún más ésta diferencia, ésta perfecta contradicción.
Representa el inicio y el fin; la marca desde donde alguna vez estuvo unida a lo que la originó, como un ombligo humano, y la parte que siempre creció independiente, justo al otro extremo, similar a la mente.
Y que decir de su forma esférica, un ciclo comenzado y terminado un sinfín de veces, igual que la vida.
Es una naranja, una simple fruta fácil de hallar en un mercado, pero a un ojo observador es mucho más.
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