Una vida comienza con un tranquilo y lento transcurrir de los días, continuo, organizado. Se comienza celebrando cada día de vida, después cada semana, cada mes, cada año... y antes de siquiera comprender nuestra propia existencia nos alcanza la primera década.
Los días pasan como se pasan las hojas de un cuaderno nuevo. Primero, en perfecta armonía, se llena cada hoja con cuidado. Más tarde, te encuentras regresando 50 hojas atrás para agregar notas, para mirar en retrospectiva, para sonreír ante lo que fuiste.
Los días son torpes, a veces se amontonan uno tras otro cuando no somos capaces de aceptar que han transcurrido. Se confunden, se pierden, en sueños, alegrías, risas, besos, lágrimas.
Son juguetones, son inmaduros, son libres porque no les queda nada más que su propia extensión para existir.
Los días solían escurrirse entre mis dedos, morir a mis pies sin que pudiera hacer algo al respecto. Pero ahora, se han vuelto extrañamente sólidos, curiosamente reales, y me encuentro con la posibilidad de sostenerlos entre mis manos, de aprovechar cada segundo. Puedo extender mis manos y ofrecérselos a alguien frente a mí.
Los días... los días solían no tener ninguna clase de significado, hasta que encontré algo que me hace agradecer profundamente cada segundo que transcurre de ellos.
Te adoro, dueño del montón de días desordenados a los que llamo mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario